13 de enero de 2014

¿Pueden los profesores mejorar el aprendizaje utilizando la tecnología?

Ya lo vimos en el post sobre el entusiasmo de los profesores por la tecnología, y en los cuatro posts sobre el futuro del aprendizaje (1, 2, 3, 4) y seguiremos abundando en ello en la siguiente entrada sobre cómo deben ser las aulas del siglo XXI, en las 10 tendencias que guían el futuro del aprendizaje, o en otra posterior que se preguntará si la tecnología puede mejorar la educación. Son entradas de diverso calado y procedencia, pero con un hilo conductor común: el cambio de las instituciones educativas para adaptarse a las nuevas necesidades del aprendizaje que la sociedad necesita. O, si se quiere decir de otro modo, sobre cómo aprovechar el potencial de la tecnología para implantar diseños de instrucción y dinámicas de trabajo que promuevan un aprendizaje de alto nivel, que permitan devolverle al alumno el protagonismo que solo él tiene en su propio aprendizaje, al tiempo que se le alfabetice en el uso de los recursos tecnológicos que serán el decorado de su trabajo presente u futuro.

Hoy, utilizando un gráfico realizado por OnLineUniversities, lo repito de nuevo: esto no tiene vuelta atrás, la tecnología ha venido para quedarse y para impregnar nuestro trabajo de nuevos modos y posibilidades. Las escuelas y las Universidades tienen que adaptarse ya que uno de los requisitos de un sistema educativo es su funcionalidad, como señalara el profesor de la Orden. Ésta, como se sabe, hace referencia a que los sistemas deben responder a las necesidades y demandas sociales. Además de ser eficaces y, desde luego, eficientes.

No se trata esta vez, me parece, de seguir una moda (aunque de moda están los dispositivos digitales), es algo más profundo: se trata de considerar la naturaleza del aprendizaje y de las funciones cognitivas (superiores) que podemos impulsar utilizando la tecnología y que, difícilmente, se pueden impulsar lanzando un discurso por vía oral (sin quitarle a esto su enorme importancia, si el discurso es bueno, ¡claro!). Sin olvidar en ningún momento que lo decisivo siempre son los objetivos que propongamos y el diseño de instrucción que elaboremos para facilitar su logro.

La tecnología hoy es una, mañana será otra. Lo que importa es, a mi modesto entender, que sea cual fuere, permita que los alumnos aprendan por sí mismos. "Learning by doing", "con las manos en la masa". A algunos les sonará aquello del aprendizaje inductivo basado en la acción que fue uno de los motores del proyecto Sócrates, que se puso en marcha en el, entonces, Departamento de Pedagogía Fundamental de la Universidad de Navarra, dirigido por el profesor Altarejos... Y es que las ideas educativas más relevantes son permanentes, lo que ha ocurrido es que la escuela graduada las hizo progresivamente más difíciles de llevar a la práctica. Hoy la tecnología nos permite, al menos sobre el papel, rescatar lo que todos deseamos: tratar a cada educando como lo que es, único e irrepetible: también en la instrucción y el aprendizaje, potenciando el desarrollo de su talento.

Ya lo dijo John Dewey hace un tiempo: "si enseñamos a los alumnos de hoy como lo hicimos con los de ayer, les robaremos el mañana". Bueno, dicho queda; ahora planteémonos qué cambios debemos incorporar a nuestro trabajo para no quedarnos atrás, o para perjudicar a nuestros alumnos lo menos posible, que viene a ser lo mismo.


1 comentario:

José María Marqués dijo...

Estimado profesor, me ha encantado cuando en su último artículo de la revista de Fomento ha apuntado que tenemos que ir hacia un aprendizaje basado en el conocimiento a través del descubrimiento.
En esas está Catherine Lecuyer en "Educación en el asombro" y ya va por la séptima edición. Vamos bien.
Sin embargo, con todos los respetos, creo que al hablar de la nuevas tecnologías debería precisar los rangos de edad. Soy padre de siete hijos y no quiero ni oír hablar de pantallas antes de los 12 años. A partir de los 16, ningún problema. Lo digo porque es un campo en el que los pedagogos tienen que ir por detrás de los neurólogos ¿no cree?
Gracias por todo,
JOSE MARIA MARQUES VILALLONGA

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