La aceleración: capacidad frente a edad I (8)

Sigo avanzando en este tema tan interesante y tan investigado, empleando para ello textos que proceden de un trabajo anterior de Reyero y Tourón (2003) al que ya me he referido en entradas precedentes. Rescato ahora, para esta entrada y la siguiente, unas ideas que son centrales para entender bien el sentido de la aceleración, incluso de ésta frente a otras opciones: contemplar la capacidad de los aprendices y no su edad. Al final, la aceleración se entiende cuando se entiende lo que significa flexibilidad curricular, aprendizaje al propio ritmo, sin ignorar la adaptación del nivel de profundidad, amplitud y reto para adecuarse a las capacidades de los aprendices. Pero vamos con la historia, pues me parece que ilustra ver que la escuela no siempre fue como la conocemos hoy en día, en realidad fue muy diferente.

Aunque las primeras investigaciones sobre aceleración parecen situarse en torno a 1928,esta estrategia ya se empleaba con frecuencia tiempo atrás, en las escuelas de clase única en los siglos XVIII y XIX. Se señala 1862 como el año en el que se puso en marcha el primer programa acelerado formal.

En esta fecha, el St. Louis School comenzó a promocionar a los estudiantes que académicamente estaban por delante de sus compañeros de edad. El uso de la aceleración por parte de las escuelas comenzó a extenderse, incrementándose su popularidad hasta aproximadamente 1920. A partir de ese momento la tendencia cambió y durante cincuenta años el entusiasmo por la aceleración decreció.

En los años 70, había llegado a ser una práctica educativa del pasado, de la que apenas se hablaba y mucho menos se empleaba en las escuelas. Pero esta situación se modificó en 1971, año en el que el profesor Julian Stanley, del que he hablado tantas veces, comenzó a crear conciencia de la necesidad de ofrecer oportunidades acelerativas a los jóvenes más brillantes.

Actualmente, la aceleración ha crecido en popularidad, y, si bien existen aún ciertas reticencias hacia su empleo, es una medida no solo posible, sino que ha favorecido el desarrollo intelectual de millones de escolares, tal como hemos visto en las entradas sobre los informes "Una Nación engañada" y "Una Nación empoderada".

Aunque el empleo de la aceleración en las escuelas ha sido algo cambiante, no sucede lo mismo con la investigación empírica a favor de tal estrategia. Numerosas revisiones y meta-análisis han mostrado que la aceleración funciona tanto a corto como a largo plazo, y manifiestan que los supuestos efectos negativos que afectan al desarrollo social y emocional de los niños no son reales.

Es decir, no se han encontrado evidencias que muestren que la aceleración aminore el desarrollo social y emocional de los alumnos, lo que no significa que alumnos particulares no puedan experimentar determinados problemas. Lo que parece más dudoso es que tales problemas sean un efecto de la aceleración, y no de otras causas concurrentes.

Pressey (1949) uno de los autores que más directamente ha investigado sobre la aceleración afirmaba ya hace más de medio siglo, que “el tema de la aceleración no es un tema actual o que haya aparecido en la actualidad. Muy al contrario encierra dentro de sí cuestiones básicas relacionadas con la política y organización educativa”. Y continuaba, “la aceleración connota para la mayoría de las personas apresuramiento, con la implicación de que el ritmo de progreso tradicional, a través de los programas escolares, es el ritmo normal, natural y deseable. Igual sucede con la edad. Se supone que determinados objetivos de un programa deberían conseguirse a una determinada edad que es la deseada, por lo que progresar más rápido supondrá apresurar ese proceso”.

La aceleración ha sido un tema que se ha estudiado en profundidad pero, independientemente de la época, ha generado siempre un gran debate. Son muchas las ideas que sustentan dicho debate, pero la que de una forma más general se opone a la aceleración, aquella que afirma que los niños deben permanecer junto a sus iguales cronológicos, no se ha mantenido siempre.

Tanto en el mundo rural como en el urbano, se consideraba en las primeras épocas, que el rendimiento de los estudiantes era el que debía determinar su lugar en la escuela así como el momento adecuado para su graduación (Southern y Jones, 1991).

Seguiremos en la próxima entrada tratando lo que ha ocurrido en el siglo XX.

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