Promover la inteligencia social, esa gran olvidada

El desarrollo del talento no puede entenderse únicamente en términos de capacidad intelectual, rendimiento académico o lo que el propio autor denomina fortalezas de la cabeza, sino que exige atender de forma sistemática a las dimensiones socioemocionales, relacionales y de carácter —las fortalezas del corazón— que condicionan de manera decisiva las trayectorias de desarrollo, bienestar y logro a largo plazo.

Esta cuestión adquiere una especial relevancia en el ámbito de las altas capacidades, donde son frecuentes los perfiles de desarrollo asincrónico, las dificultades en la adaptación social y emocional y, en no pocos casos, respuestas educativas insuficientes o excesivamente centradas en el rendimiento. El texto que ofrezco a continuación invita a una reflexión fundamentada sobre la necesidad de promover enfoques educativos que atiendan al alumno en su totalidad, integrando el desarrollo cognitivo y el desarrollo socioemocional como dimensiones inseparables de una educación de calidad.

Cabeza y corazón

Dos lecciones sobre cómo apoyar a los más capaces

Realmente destacan dos lecciones sobre cómo apoyar a los estudiantes dotados. La primera es que desarrollar el talento de niños altamente dotados requiere más que simplemente fomentar su capacidad intelectual (o lo que yo llamo «fortalezas de la cabeza»). La segunda es que el éxito en la vida adulta requiere tanto fortalezas de la cabeza como fortalezas del corazón.
No siempre es fácil predecir quiénes alcanzarán su máximo potencial en la vida. Esto es cierto también para los niños prodigio, muy dotados. Muchos factores no aptitudinales intervienen en el algoritmo para determinar quién, exactamente, terminará recorriendo la mayor distancia a lo largo de la trayectoria de éxito imaginable.