IA, Altas Capacidades y el rol del profesor en el aula del siglo XXI

En la era de la Inteligencia Artificial, la pregunta para los docentes, particularmente para los que atienden a alumnos con Altas Capacidades (AACC) ha cambiado. Ya no se trata de cuánta información podemos darles, sino de cómo enseñarles a procesar el océano de datos que tienen a un clic de distancia. ¿Es la IA una amenaza a nuestra autoridad como profesores o la herramienta que finalmente nos permitirá ser los mentores que nuestros alumnos necesitan?

“Crees que la IA es fantástica… ¿pero ellos también?”

El pasado diciembre se publicó un artículo firmado por Hinch, L., Guilbault, K. M., Dunne, O., & O’Reilly, C. (2025, December). You think AI is great – but do they? A reflection on a summer with AI at the Center for Talented Youth Ireland. Parenting for High Potential, 14(4), 6-9. Lo he leído con atención. Y me ha parecido de interés para quienes trabajan en el ámbito de las altas capacidades. No porque trate simplemente de inteligencia artificial —tema ya omnipresente—, sino porque plantea una cuestión mucho más profunda: ¿Qué piensan realmente los propios estudiantes con alta capacidad sobre el uso de la IA en su aprendizaje?

Atender a los alumnos con altas capacidades: exigencia de una escuela equitativa

Muchos se preguntan: ¿por qué han de dedicarse recursos para este alumnado? Pero la pregunta debería ser otra: ¿por qué no? Si aceptamos lo obvio, debería comprenderse que todos los estudiantes precisan de una atención más o menos diferenciada a lo largo de su trayectoria escolar. Es bastante evidente que una escuela que se precie debería ser equitativa, es decir, que debe dar a cada alumno la educación que precisa, sea por déficit o por superávit del tipo que fuere. Esto, que se comprende tan fácilmente para el deporte o la música, por ejemplo (centros de alto rendimiento, conservatorios, etc.), no se acepta tanto cuando hablamos de la formación intelectual.

Promover la inteligencia social, esa gran olvidada

El desarrollo del talento no puede entenderse únicamente en términos de capacidad intelectual, rendimiento académico o lo que el propio autor denomina fortalezas de la cabeza, sino que exige atender de forma sistemática a las dimensiones socioemocionales, relacionales y de carácter —las fortalezas del corazón— que condicionan de manera decisiva las trayectorias de desarrollo, bienestar y logro a largo plazo.

Esta cuestión adquiere una especial relevancia en el ámbito de las altas capacidades, donde son frecuentes los perfiles de desarrollo asincrónico, las dificultades en la adaptación social y emocional y, en no pocos casos, respuestas educativas insuficientes o excesivamente centradas en el rendimiento. El texto que ofrezco a continuación invita a una reflexión fundamentada sobre la necesidad de promover enfoques educativos que atiendan al alumno en su totalidad, integrando el desarrollo cognitivo y el desarrollo socioemocional como dimensiones inseparables de una educación de calidad.