Enriquecimiento y aceleración ¿aclaramos términos?
Aludiendo al desarrollo histórico, la aceleración como respuesta educativa para los alumnos más capaces ya desde sus inicios —cuando Terman en 1925 publica su estudio longitudinal sobre estudiantes con un elevado CI—, se contempló como una medida controvertida que no debería aplicarse como estrategia única. No es mi propósito el detenerme en analizar esta polémica desde unas coordenadas históricas, tan sólo referirme a que en los EE.UU. —donde fundamentalmente se ha puesto en práctica la aceleración—, fueron diferentes factores políticos, sociales o culturales los que influyeron decisivamente en valorar las ventajas y los inconvenientes de esta propuesta. Así la depresión económica de 1930, el incremento de la demanda de oportunidades educativas para todos, el aumento de la población con el consiguiente incremento de la población escolar, etc., provocaron diferentes medidas administrativas que no favorecían la aceleración, en el sentido de tomar la edad cronológica del estudiante como estándar para adscribirlo al curso escolar. En este contexto, el enriquecimiento se comenzaba a vislumbrar como alternativa eficaz para atender a las necesidades educativas de los más capaces (Cfr. Southern, Jones y Stanley, 1993).