Me parece que hay, no es de ahora, una cierta corriente de anti intelectualismo en el sistema educativo español, si no consciente para todos los agentes implicados, sí de facto.

Oímos hablar mucho de las nuevas exigencias del aprendizaje en estos comienzos del siglo que nos contempla, más allá de la memoria, la repetición e incluso el estudio (“esa ocupación del entendimiento con los conceptos, la presencia de éstos en la conciencia”). Y sustituimos estos términos por otros como: “pensamiento creativo”, “trabajo colaborativo”, “aprendizaje por proyectos”, “capacidad crítica”, “creatividad”, “pensamiento visual”, “aprendizaje conectado”, “profundo”, “servicio”, etc. Bien está, pero lo uno no suple lo otro.

Más aún, no es posible operar o desarrollar habilidades de pensamiento de alto nivel (síntesis, evaluación, creación), sin basarlas (de apoyo o basamento) en aquellas de orden inferior (conocimiento, comprensión, etc.). Cualquiera que haya llevado a cabo un proyecto de investigación, por modesto que fuese, sabe que no se llega a tener una visión global, sintética, crítica o de conjunto, sin cientos de horas de lectura y reflexión sobre lo leído.

Si analizamos los currículos de las enseñanzas no universitarias (y universitarias también), nos encontramos enseguida con un descenso del nivel de exigencia y de contenidos o cobertura de los corpus teóricos y prácticos de los diversos ámbitos del saber. Nos defendemos diciendo que ahora el aprendizaje es diferente, que no se trata de saber cosas sino de buscar, seleccionar, organizar la información, etc.

Este es un argumento un poco tramposo, porque es parcialmente cierto. Claro que ahora no se trata solo de saber (supongo que se refieren a saber memorísticamente, que es una mera, mínima e importante parte del saber), sino también de saber hacer; lo he defendido numerosas veces. Pero saber hacer no es posible sin saber, y saber no es almacenar en la memoria para repetir. Saber, en sentido propio exige, una profunda comprensión de lo sabido, dominio de lo aprendido. Ninguna operación intelectual -propiamente dicha- puede llevarse a cabo si no es sobre la base de un estudio cabal, profundo y serio del objeto en cuestión.

Un vistazo “al saber” de nuestros alumnos en los estudios internacionales de rendimiento, o “su saber hacer”, revela que sin lo uno no se da lo otro. Más aún, nos encontramos con que los alumnos que ocupan lugares destacados en las escalas de rendimiento son un pequeño porcentaje respecto a otros países, siendo por el contrario elevado el porcentaje de los que obtienen los peores resultados.

Pero hay más. ¿Dónde están los alumnos más capaces? ¿Los que tienen más talento? ¿Los excelentes? No están identificados, a juzgar por las cifras que ofrecen los organismos oficiales. ¿Por qué? ¿Cuál es la razón para que una población que puede alcanzar entre el 10 y el 20% de los escolares sea sistemáticamente ignorada año tras año por las escuelas?

Seguro que hay múltiples razones, según los casos, pero me atrevo a apuntar que una muy principal es el anti intelectualismo. Los más capaces y los que de algún modo destacan son vistos con recelo por sus compañeros y por sus profesores; tener la respuesta, o la más brillante se ve como algo intimidante y, por tanto, se evita. Destacar está mal visto, saber más que otros o tener más interés está proscrito, probablemente porque hay todavía quien piensa que la escuela está para promover la igualdad y no tanto la equidad.

Estas posturas, que no tienen inconveniente en ensalzar todo lo deportivo (bien está), pero acallan cualquier brillo intelectual, ignoran -deliberada o inconscientemente- que los más capaces nos necesitan ahora, pero que nosotros los necesitaremos a ellos mañana, pues en sus manos principalmente está el desarrollo del saber científico, técnico, humanístico. No atender al despliegue intelectual de todos los escolares, pero particularmente de los más capaces, es darle la espalda al desarrollo social y apostar, probablemente sin quererlo, por la colonización intelectual de la que inevitablemente seremos víctimas si no ponemos remedio.

Aunque mal de muchos es... epidemia, es cierto que esto no ocurre solo en España, en otros países también se elevan voces críticas. Quizá quieras echar un vistazo a este libro que acaba de reeditarse.

Termino respondiendo a mi propio título; sí, el anti intelectualismo tiene consecuencias, lamentablemente funestas, para el desarrollo social.

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5 comentarios en “El antiintelectualismo en educación,¿tiene consecuencias?

  1. En ocasiones son los órganos directivos los que "paran" la detección de las altas capacidades (y otras necesidades específicas de apoyo educativo). Es triste pero esto representa más trabajo y una mayor complicación para los centros y cuando les llega una propuesta de un docente sobre un niño que pueda necesitar apoyos, la meten en un cajón para ahorrarse problemas.

  2. Totalmente de acuerdo. Los niños aacc molestan a los profesores: o los ignoran, o los ridiculizan (manifestándole que si ellos van a saber más que el profe) o significan trabajo para ellos (puesto que tienen que hacer una adaptación curricular "entre comillas")

  3. También de acuerdo a lo expresado, en particular lo errado que considero el promover la igualdad entre los estudiantes, que muchas veces significa bajar estándares, disminuir contenidos, en lugar de incentivar a los más capaces en sus potencialidades.

  4. El que algo esté mal visto se debe a que sea moralmente inadecuado o a que, al revés, sea moralmente muy adecuado y, por ello, la ojeriza se deba a la envidia.

    El problema es que, en nuestras sociedades, en general no se tiene envidia de quienes saben mucho o son muy inteligentes. Solo estará mal visto destacar en el ámbito intelectual si viviésemos en un mundo donde se valorase este ámbito. No se valora, al menos en general; por lo tanto, las razones por las cuales está mal visto que alguien sepa son otras, creo yo.

    En mi modesta opinión, en España se rechaza a quien sabe mucho porque aquí se valora sobre todo la picardía para saber tratar a la gente, es decir, las habilidades que tienen quienes se relacionan en el ágora, pero no para debatir sobre lo humano y lo divino, sino para vivir en el sentido más primario del verbo: para relacionarse con los demás, obtener favores, etcétera. En general, se entiende que una persona que sabe es una persona de libros, y la lectura quita mucho tiempo para estar en la plaza pública; se concluye, pues, que quien mucho sabe poco vive y, en consecuencia, no tiene la habilidad social necesaria, desarrollada a base de relaciones con los demás en la plaza pública, léase bar, léase parque, etcétera.

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