El pasado día 5 de junio tuve el placer de participar en un acto que, dentro de su amable peculiaridad, homenajeaba a un colega que se jubilaba. Como suele ser tradicional en estos casos los colegas y amigos solemos entregar al homenajeado un Liber Amicorum con contribuciones de diverso tipo, pero relacionadas casi siempre con su trayectoria académica, aportaciones más sobresalientes o aspectos más personales de nuestra relación con el mismo a lo largo de los años o décadas.
Quizá algún lector pueda preguntarse qué tiene que ver esto con el blog y sus temáticas. En realidad todo. El profesor Gaviria es un claro ejemplo de lo que supone el desarrollar las aptitudes sobresalientes (muchas y muy destacadas) en talento aplicado, en su caso, a campos relativos a la educación y, más concretamente, a la metodología de la investigación en educación, la medida y la evaluación y su aplicación a la mejora de los sistemas educativos. Este es un exponente de la frase de cabecera de este blog leída ahora en estos término: «el talento que se cultiva, florece». El profesor Gaviria ha hecho que sus capacidades floreciesen en talento aplicado a la mejora de la educación y tantos otros campos que no voy a enumerar. Y, claro, siendo como es amigo, no podía dejar de hacer una mención expresa en mi blog, en el que otras veces he hecho alusión a colegas por otras razones más tristes.
Otra razón más es que en su trayectoria —que no voy a desgranar aquí (haré un breve apunte)— se pone de manifiesto que el desarrollo del talento no es solo una cuestión de trabajo y circunstancias favorables que permitan su florecimiento que, desde luego, lo es. Se trata de proceso de desarrollo que va mucho más allá del campo cognitivo, del saber competente, implica muy seriamente a la persona en su conjunto y, por ello, a su desarrollo humano, a sus cualidades personales que siempre llamamos virtudes. Se podrían añadir más razones, pero estas me parecen suficientes: capacidad, trabajo, circunstancias y desarrollo personal armónico. Ingredientes todos necesarios para convertir nuestras dudosas potencialidades en la mejor versión de nosotros mismos para servir a los demás. Rescato algunos párrafos de mi contribución al Liber Amicorum referido más arriba, una contribución que ha querido ser un elogio de la medida y la evaluación al amparo de los muchos trabajos que el profesor Gaviria y yo firmamos juntos, en ocasiones acompañados de otros colegas.
«Sed fugit interea, fugit irreparabile tempus (Pero mientras tanto huye, huye irrecuperable el tiempo), que se ha popularizado simplemente como tempus fugit (Virgilio, Geórgicas III, 284). Y se cumple inexorablemente cada vez que nos vemos abocados a un acontecimiento relevante para nuestra historia personal o la de nuestros colegas, que viene a ser equivalente. Tal es la sensación que experimento al escribir estas páginas (…).
«Este trabajo ha querido ser, ante todo, un homenaje personal y académico al profesor Gaviria, compañero de camino durante décadas y referencia constante en el modo de entender la investigación educativa con rigor, sagacidad, intuición, prudencia intelectual y sentido institucional. La reflexión sobre la medida y la evaluación —campos que Josecho ha contribuido decisivamente a consolidar y dignificar en nuestro contexto— sirve aquí como hilo conductor para evocar una trayectoria compartida en tantos años de nuestras carreras, marcada por el trabajo serio, la exigencia metodológica y una confianza mutua forjada a través de tantos momentos en los que nuestros intereses confluyeron.
Más allá de los resultados concretos, de los proyectos, informes o publicaciones, este recorrido pone de manifiesto una forma de hacer Universidad basada en el respeto por la evidencia, el rechazo de los atajos intelectuales y la convicción de que el trabajo académico hecho con rigor puede, y debe ser, un servicio a la educación y a la sociedad; y es que como dijera Ponz (1988), la Universidad no es solo un lugar donde se enseña una ciencia, sino una comunidad dedicada al servicio de la verdad y a la formación plena de la persona.
La colaboración con Gaviria fue también, desde el inicio, una experiencia humana: se puede ser colega y amigo a la vez, y en su caso ambas dimensiones se reforzaron mutuamente, dando lugar a un clima de trabajo fecundo, leal y sostenido en el tiempo. Si este texto tiene algún valor añadido, es el de recordar que detrás de toda contribución científica duradera hay personas concretas, y que en la figura del profesor Gaviria se encarnan, de manera ejemplar, el rigor del investigador, la discreción del académico y la lealtad del amigo. Comencé haciendo alusión a la fugacidad del tiempo. No me retracto, pero hay algo más importante: Tempus fugit, sed amicitia manet«.
Convendrás conmigo querido lector que esta ocasión no se podía dejar pasar. Termino con una anécdota que he contado oralmente más de una vez. Mendoza (Argentina), un congreso sobre la alta inteligencia… allí conocí a un niño de seis años y notable capacidad al que le pregunté qué estudiaba. Entre otras cosas me dijo que al General San Martín, porque -añadío con rotundidad- «un hombre tan excepcional como este ocurre pocas veces».
Me parece que aquí cabe algo parecido. Un profesional tan excepcional y buen amigo es difícil de encontrar.
Muchas gracias por este artículo tuyo.
Tuve la suerte de conocer a José Luis Gaviria y suscribo todo lo que dices.
Solo puedo APLAUDIR.
Gracias Fernando. Josecho ha sido uno de los amigos más ejemplares que he tenido en cuatro décadas en la académia.
Abrazos