Hoy, utilizando un gráfico realizado por OnLineUniversities, lo repito de nuevo: esto no tiene vuelta atrás, la tecnología ha venido para quedarse y para impregnar nuestro trabajo de nuevos modos y posibilidades. Las escuelas y las Universidades tienen que adaptarse ya que uno de los requisitos de un sistema educativo es su funcionalidad, como señalara el profesor de la Orden. Ésta, como se sabe, hace referencia a que los sistemas deben responder a las necesidades y demandas sociales. Además de ser eficaces y, desde luego, eficientes.
No se trata esta vez, me parece, de seguir una moda (aunque de moda están los dispositivos digitales), es algo más profundo: se trata de considerar la naturaleza del aprendizaje y de las funciones cognitivas (superiores) que podemos impulsar utilizando la tecnología y que, difícilmente, se pueden impulsar lanzando un discurso por vía oral (sin quitarle a esto su enorme importancia, si el discurso es bueno, ¡claro!). Sin olvidar en ningún momento que lo decisivo siempre son los objetivos que propongamos y el diseño de instrucción que elaboremos para facilitar su logro.
La tecnología hoy es una, mañana será otra. Lo que importa es, a mi modesto entender, que sea cual fuere, permita que los alumnos aprendan por sí mismos. «Learning by doing«, «con las manos en la masa«. A algunos les sonará aquello del aprendizaje inductivo basado en la acción que fue uno de los motores del proyecto Sócrates, que se puso en marcha en el, entonces, Departamento de Pedagogía Fundamental de la Universidad de Navarra, dirigido por el profesor Altarejos… Y es que las ideas educativas más relevantes son permanentes, lo que ha ocurrido es que la escuela graduada las hizo progresivamente más difíciles de llevar a la práctica. Hoy la tecnología nos permite, al menos sobre el papel, rescatar lo que todos deseamos: tratar a cada educando como lo que es, único e irrepetible: también en la instrucción y el aprendizaje, potenciando el desarrollo de su talento.
Ya lo dijo John Dewey hace un tiempo: «si enseñamos a los alumnos de hoy como lo hicimos con los de ayer, les robaremos el mañana». Bueno, dicho queda; ahora planteémonos qué cambios debemos incorporar a nuestro trabajo para no quedarnos atrás, o para perjudicar a nuestros alumnos lo menos posible, que viene a ser lo mismo.

Estimado profesor, me ha encantado cuando en su último artículo de la revista de Fomento ha apuntado que tenemos que ir hacia un aprendizaje basado en el conocimiento a través del descubrimiento.
En esas está Catherine Lecuyer en "Educación en el asombro" y ya va por la séptima edición. Vamos bien.
Sin embargo, con todos los respetos, creo que al hablar de la nuevas tecnologías debería precisar los rangos de edad. Soy padre de siete hijos y no quiero ni oír hablar de pantallas antes de los 12 años. A partir de los 16, ningún problema. Lo digo porque es un campo en el que los pedagogos tienen que ir por detrás de los neurólogos ¿no cree?
Gracias por todo,
JOSE MARIA MARQUES VILALLONGA