Cuando un amigo se va...


Así, de repente, sin avisar, ni molestar ni hacer ruido, pasando desapercibido y en casi total silencio. Realmente como eras: serio, callado, profundo, veraz, radicalmente veraz, como te definió un querido amigo común.

Cuando un amigo se va algo se muere en el alma... pero no es cierto, porque los amigos de verdad siguen viviendo en otra dimensión, sin que podamos verlos o tocarlos, pero si estamos atentos sabremos sentirlos. Sí, otro amigo común sostiene que el alma de los seres queridos puede llegar a estar incluso más cerca cuando se ha ido que cuando está prisionera del cuerpo, aunque haya sido creada para estar en él.

Lo que sí es cierto es que cuando un amigo se va una pena nos quiere atenazar, pero nos la sacudimos de encima a base de esperanza. Sí, de esperanza que no es una virtud para consolar a niños o mentes flojuchas, sino que es una virtud recia, profunda, que nos ayuda a vivir más allá del aquí y ahora.

Nos conocimos hace muchos años cuando venías a dar clase de Estadística a la incipiente sección de Ciencias de la Educación de la Universidad de Navarra, allá por los primeros años 80. Yo era entonces un recién llegado del mundo de la Biología y avanzaba en mi primera tesis doctoral. Allí recibí tus primeros consejos. No me fue mal.

Desde entonces nuestras vidas corrieron paralelas una veces, entrecruzadas otras. Pero no solo nuestras vidas profesionales, también las personales, hasta el punto de confiarnos mútuamente el padrinazgo de uno de nuestros hijos. Tú me confiaste a Laura, a la que ya habrás podido abrazar de nuevo; yo a Borja a quien ahora podrás cuidar mejor.

Después mi segunda tesis doctoral en cuyo tribunal estuviste, con Ramón, Arturo, José Luís Gonzalez-Simancas... ¡qué tiempos! Luego vino la oposición de Pedagogía Experimental y Diferencial que tanto esfuerzo supuso y en la que tanta ayuda me prestaste. Poco después me convertí en "el señor de los miércoles" gracias a tu extraordinaria hospitalidad y la de Mariangeles, en aquéllos años de imborrable memoria para mí en el Departamento MIDE de la Universidad Complutense.

El verano en el Baztán... Nuestra "excursión" a León, en la que nos acompañó José Luis Gaviria... Y a pesar de que no eras navegante, navegamos juntos también en el mar, con otros amigos entre Hendaya y San Juan de Luz. Tantos recuerdos que parecen de ayer.

En fin, entre oposiciones, publicaciones y otras zarandajas se nos va la vida. La tuya ha sido una vida aprovechada en lo esencial, en lo relevante como te gustaba decir. Echando la vista atrás uno encuentra tantos momentos perdidos, tantos afanes irrelevantes... pero ya no tiene remedio. Cuando un amigo se va te quedas pensando que pocas cosas de esta vida merecen la pena tanto como la amistad.

Ahora toca seguir el camino procurando centrarse en lo que realmente importa, dejando de un lado lo que estorba y cuidando a los que nos quieren y merecen nuestra atención. Yo estaré aquí escribiendo, recordando y velando por echar una mano a los tuyos, pero dándome cuenta de que será hasta que el jardinero decida cortar otra flor (o cardo) del jardín, que al fin y a la postre es suyo.

Como dije más arriba y aunque te hayas ido de sopetón, sin despedirte, como amigo de verdad que eras, seguirás viviendo en nuestros corazones. ¡Nos volveremos a ver!

4 comentarios:

  1. Precioso homenaje teñido de una preciosa esperanza. Gracias!

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  2. Me has emocionado Javier. Eduardo López a quien no tuve el placer de conocer ha sido, seguramente, una gran persona pero tus palabras dicen mucho de ti como amigo y como ser humano. Tu texto sirve para consolar a cualquiera que haya sufrido la pérdida de un ser querido y por eso te doy las gracias.

    Inma González desde Málaga

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  3. Gracias por este artículo sobre mi padre, Javier. Lo leí al poco de fallecer él, y ahora que vuelvo a leerlo, de nuevo me he emocionado.

    Gracias.
    Bea

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  4. Las personas que viven en nuestro corazón, siempre están, aunque no las veamos. Gracias Bea.

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